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HISTORIAS DE UN INMIGRANTE: Un viaje a lo desconocido

Un día cualquiera del 2017 comenzó la historia de este dominicano, en donde el tema principal era Canadá, sentado en mi oficina en compañía de un equipo de trabajo que me apoyaba y una familia que siempre estaba para mí. Sin embargo, no me sentía feliz, me faltaba algo más y quería estar mejor. Decidí que buscaría mi norte en una nación que se vendía como la tierra de las oportunidades, donde el inmigrante encontraba el placer de crecer sin limitantes.



De una isla dividida por dos naciones, emigré hacia una tierra que es completamente diferente a la que me vio nacer. Cargado con muchísimas esperanzas y proyección de crecimiento, pero con el temor a mi espalda de lo que podría suceder. Al final me dije a mi mismo: hazlo Jesus!


En semanas reuní toda la documentación necesaria para acceder a un College, luego este me aceptó poco después. Con un inglés que en mi país era excelente, pero aquí era tan avanzado como decir un simple “hello”. Coordine en tan solo un mes toda la logística para llegar a este país donde no tenía ni un perro que me recibiera! Vine pensando en instalarme en un apartamento de una habitación, asumiendo que con el capital que traía sería suficiente para empezar; sin embargo, al llegar aquí la sorpresa fue totalmente diferente a lo que mi cabeza entendía.


Afortunadamente, un día antes de venir, un ex jefe de pasantía de hace 10 años y su familia, me dieron asilo en su hogar, todo sin pedirlo, solo por el simple hecho de que los latinos somos bastante colaboradores con el que en realidad necesita una mano amiga. Allí viví durante el tiempo que fui un simple estudiante universitario, trabaje como vendedor de cupones en la tienda más antigua del vecino del polo norte, limpiando mesas y baños en un restaurante de lujo a dos horas de Toronto, donde mi salario de un mes, no me alcanzaba ni para comprar una entrada del menú.


Recuerdo con agrado que la gerente me preguntaba una y otra vez, cómo es que yo con todo y maestría y doctorado, estaba haciendo ese trabajo. Yo con sonrisa entre labios le decía que lo que ella veía era solo la punta del iceberg; y no mentía, ya que ella no sabía que antes de entrar al restaurante, pasaba por un negocio de café a cambiarme de ropa, pues en horario matutino trabajaba como ayudante de mecánica en un local por la misma zona.


Entre ilusiones marchitadas por el frío implacable del invierno canadiense y la tragedia de estudiar en un sistema anglosajón que no admite el desarrollo del conocimiento, recordando los lujos que me permitía en mi país, me fui volviendo frío como el hielo, y es que es tanto es lo que sufre el inmigrante, que hasta los momentos de discriminación y maltrato uno los va dejando de lado. Todo con un propósito, con un fin, con una idea y recordando el norte que en su momento me prometí; ya que si desfallecía, entonces la inversión millonaria en pesos que se hizo, de nada serviría.



Al finalizar el programa del College, me gradué en gerencia de proyectos, con un master en estrés post traumático y con una especialidad en prevención del colapso mental por ansiedad ante la falta del contacto humano y la socialización. Pensando que ya en ese momento le pediría el divorcio a la depresión para casarme con la gloria, me mude cerca a Toronto para iniciar el proyecto de búsqueda de lo que mi carrera requería, sin embargo, después de aplicar 1,400 veces en diferentes empresas me dí cuenta que la cantidad de trabajos para profesionales en Canadá era una quimera, más no una realidad que se garantiza. Ante la necesidad de sustento y con el objetivo de abrir mis alas para volar más alto, me vi en la necesidad de guardar mi ego en la maleta de proyectos reciclados, para así poder ingresar a ser especialista en cambio de aceite y llantas en una franquicia local; ahora con más lamento, porque graduado y luego de haber cumplido con el proyecto que supuestamente garantizaría mi posicionamiento, me sentía más miserable y hasta cuestionando si ese era mi destino y porque era tan incierto.


Meses pasaron y varios accidentes laborales dejaron marca en mi cuerpo, la crudeza de vivir en el extranjero, todo hasta el día que recibí un correo, notificándome que había sido elegido como el candidato perfecto...


Hoy por hoy, ya posicionado, como encargado de un departamento en una sólida multinacional, miro hacia atrás y pienso: ¡Que divertido ha sido todo esto! Sin embargo es con el tono de aquel payaso de historietas que sonríe amargamente, porque me pregunto, ¿cuántas personas estarán pasando por lo mismo que yo en su momento y no tienen a nadie que les brinde el apoyo que quizás los hará salir de su tormento?, ¿cómo es que nuestra comunidad se mantiene tan cerca y a la vez tan dispersa como para que quien llega, tenga que subsistir con base en la estrategia del día a día, viviendo de momentos y socializando de vez en cuando por dicha se le asoma un encuentro?



Atte. Jesús Fajardo...


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